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Opinión

883, «Aeroplano» y Cecchetto: la nostalgia no hace milagros

883, «Aeroplano» y Cecchetto: la nostalgia no hace milagros

Aclaremos algunas cosas. El regreso de los 883 gracias a la serie de televisión parece haber provocado un efecto curioso: de pronto, todo lo que pertenece a los años noventa merece ser reivindicado, celebrado y convertido en una obra maestra olvidada.

Me gusta la memoria musical. Me convence mucho menos la idea de que el paso del tiempo pueda convertir cualquier canción en un clásico y cualquier trayectoria interrumpida en un caso que debemos reescribir. El debate sobre “Aeroplano”, los 883 y Caterina Rappoccio me parece un buen ejemplo del problema.

“Aeroplano” y el efecto nostalgia

La canción ha vuelto a recibir atención con “Nord Sud Ovest Est – La leggendaria storia degli 883”. Que una serie permita redescubrir una canción es algo positivo. Que ese redescubrimiento deba convertirse automáticamente en una consagración artística ya es otra cuestión.

Lo diré sin rodeos: no considero que “Aeroplano” sea una canción lograda desde el punto de vista artístico. No la sitúo al nivel de los temas que, a mi juicio, definieron realmente la identidad de los 883. Es mi valoración musical, y quien disfrute de esa canción tiene todo el derecho a discrepar.

Tampoco veo en la trayectoria discográfica de Caterina Rappoccio una carrera de un peso comparable al de los protagonistas de aquella etapa musical. Eso no borra su trabajo ni justifica faltarle al respeto. Significa, sencillamente, que en el mercado musical no todos los proyectos se convierten en trayectorias duraderas.

Ocurre. No todas las canciones funcionan, no todas las colaboraciones continúan y no todos los artistas consiguen consolidarse como esperaban. Siempre ha sido así.

Y, naturalmente, Cecchetto reaparece en el relato

Rappoccio alude a motivos políticos en Corriere.

Cuando el relato de una trayectoria artística llega a las supuestas motivaciones políticas, cambia el plano de la discusión. Valorar el éxito de un proyecto es una cosa; determinar por qué terminó una colaboración es otra. Para lo segundo hacen falta datos, contexto y la posibilidad de distinguir las reconstrucciones personales de los hechos demostrados.

Quiero dejar algo claro: siento una profunda estima y un enorme respeto por Claudio Cecchetto. Considero su aportación a la música y la radio italianas un referente. El trabajo de quien descubre, desarrolla y da valor a los artistas merece evaluarse en toda su complejidad, sin reducirlo a un personaje conveniente en el relato de una oportunidad perdida.

Lo que cuestiono es el uso recurrente del nombre de Cecchetto como reclamo para atraer lectores y conseguir clics, a ser posible ya en el titular. Hablamos de un profesional que ha descubierto y llevado al éxito a artistas que han marcado generaciones: su nombre tiene peso, y precisamente por eso resulta atractivo para los medios. Me parece incorrecto utilizarlo como atajo para construir un titular llamativo en lugar de explicar con precisión la historia de la que se está hablando.

Mi respeto no es un motivo para evitar las preguntas. Es una razón más para exigir preguntas serias, reconstrucciones precisas y valoraciones que no partan de una conclusión escrita de antemano.

Una serie de televisión no es un documental

Y después está la serie. Puede entretener, emocionar y despertar interés por una etapa de nuestra música. Pero, en mi opinión, el relato de los 883 corre el riesgo de novelarse tanto que termine difuminando la frontera entre lo que ocurrió y lo que funciona en un guion.

Los diálogos, los tiempos narrativos, los personajes y las situaciones se construyen para contar una historia. El espectador puede encariñarse con ellos, pero no debería interpretar cada escena como una reconstrucción histórica verificada.

Una serie de televisión no es un documental. Y un guion no puede convertirse en la medida de la realidad. El problema aparece cuando una escena se utiliza como explicación definitiva de relaciones profesionales, decisiones discográficas o responsabilidades personales.

Se puede disfrutar de una ficción y seguir exigiendo rigor al hablar de personas reales. Ambas cosas son compatibles.

En la industria musical no hay un culpable para cada proyecto que se detiene

Quienes trabajamos en la música sabemos que el resultado depende del encuentro entre repertorio, identidad, interpretación, organización, oportunidades y respuesta del público. Un buen debut no garantiza una carrera; una inversión no asegura un éxito; una colaboración no implica una promesa indefinida.

Por eso me convence poco la tentación de buscar siempre una explicación externa, una persona a la que señalar o una injusticia capaz de darle sentido a todo. Cada historia debe evaluarse a partir de lo que puede documentarse. Y el juicio artístico debe seguir siendo libre, aunque no coincida con el relato más sentimental.

La nostalgia es una lente poderosa. Nos devuelve a una edad, a un verano, a las personas con las que escuchábamos una canción. Ese vínculo puede ser auténtico y valioso. Pero no demuestra que el tema fuera una obra maestra ni que su intérprete estuviera destinado a una carrera distinta de la que tuvo.

No todas las canciones olvidadas son obras maestras incomprendidas

Eso es lo que quiero defender. Redescubrir el pasado no significa tener que absolverlo de cualquier juicio crítico. Podemos sentir cariño por los noventa sin ascender automáticamente todo lo que formaba parte de ellos.

Para mí, “Aeroplano” sigue siendo una canción artísticamente poco lograda. Para otros puede ser un recuerdo maravilloso. Ninguna de esas opiniones puede, por sí sola, aclarar por qué una carrera tomó un rumbo concreto ni atribuir a alguien una responsabilidad no demostrada.

No todas las canciones olvidadas son obras maestras incomprendidas. A veces son, sencillamente, canciones que no nos convencen artísticamente.

La nostalgia es algo maravilloso. El revisionismo musical, bastante menos.